jueves, 15 de septiembre de 2011

Ni pabellón, ni puente.



Ahora toca pagar los fastos de la Expo, los edificios sicodélicos y los pabellones-puente, que no sirven ni como pabellones ni como puentes… Toca pagar las comilonas, los viajes por los cinco continentes, las costosas campañas de propaganda para vender humo por medio mundo…
Toca pagar la parafernalia de los grandes eventos que tanto gustan a Belloch y sus mariachis, las Olimpiadas sin nieve, la Expopaisaje forrada de cemento, la Zaragoza Cultural de cachirulo, la chapuza del campo de fútbol…
Y la gente andaba la mar de contenta con tanta obra, con tanto espectáculo, con tanta feria vacia y cutre, con tanta horterada de nuevos ricos… Y ahora llega la factura y se cabrea porque toca pagar tanta estupidez.
Millones a mogollón que nadie contabilizaba en el debe, a la espera de algún maná milagroso. Facturas que nadie reparó en que algún día habría que pagar. Y ese día ha llegado.

Y la única solución que se les ocurre, a unos y a otros, incluso a los que parecían más cercanos al populacho, es subir los ingresos a base de machacar más la ya destartalada economía de la ciudadanía.
Nada de aplicar unas tasas realmente progresivas, para que pague más quien más tiene. Nada de reducir gastos de asesores, de coches oficiales, de estudios y proyectos que nunca se harán realidad, de gabinetes de propaganda, de viajes inútiles, de sueldos obscenos…
El Estado, las distintas Administraciones públicas, están para ofrecer los servicios básicos a precios públicos, no a precios de mercado. El agua, el IBI, los servicios sociales a domicilio son servicios públicos, no mercancía.

DRY Zaragoza.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Cuando se invoca a Marx para salvar el capitalismo




Alberto Rabilotta                                                 
ALAI AMLATINA
Las economías de Estados Unidos, Reino Unido, Europa y Japón no van bien. Donde no hay contracción predomina un pernicioso estancamiento. El desempleo sube, los salarios y el consumo bajan. Y la situación irá agravándose a medida que se apliquen los planes de austeridad que han recortado o recortarán el gasto estatal para el acceso al seguro de desempleo, que bajarán o limitarán los pagos a los jubilados y demás programas sociales, los llamados “estabilizadores automáticos” que sirven para aliviar el impacto del frenazo de la economía sobre las clases trabajadoras. En entrevista con la televisión de la agencia Bloomberg el economista Nouriel Roubini afirmó esta semana que la economía estadounidense, según su lectura de los índices económicos, está atascada y yendo hacia una recesión. Un diagnostico similar puede ser hecho a partir de la lectura de los principales índices en el resto de las economías avanzadas.

Buenas noticias, malos resultados
Un despacho de John Helyar para la agencia Bloomberg, del 26 de agosto pasado, asegura que medianas empresas estadounidenses que fabrican productos muy específicos, no fácilmente reproducibles por competidores extranjeros y que tienen mucha demanda en las economías emergentes con fuerte desarrollo económico están “abrazando” a China e India para derrotar el estancamiento en Estados Unidos, y de paso haciendo ganancias “que exceden las de los grandes manufactureros”.

¿La receta del éxito? Cortar puestos en la producción en Estados Unidos y transferir parte de la producción a China. La contraparte de este éxito empresarial es que durante la Gran Recesión (2007 al 2009) se perdieron empleos en Estados Unidos, donde el sector manufacturero – según el economista Daniel J. Meckstroth de la Alianza de Manufactureros en Virginia - eliminó dos millones 300 mil puestos desde finales del 2007 y hasta diciembre del 2009, de los cuales sólo se han recuperado unos 289 mil empleos. Y aunque estas medianas empresas pueden crear más empleos en Estados Unidos en los próximos meses, el grueso del aumento de su fuerza laboral y de su producción será en los mercados emergentes. El artículo cita cuántos empleos han sido eliminados por las empresas en Estados Unidos para ser creados en China o India, y cuántas inversiones de capital fijo serán hechas en esos países, que es donde se encuentra la demanda final.

Donald E. Washkewicz, presidente y director general de Parker Hannifin, una de esas empresas medianas que están generando más ganancias y aumentando sus ventas, explica el principio de seguir al consumidor: “Algunas personas nos dicen ‘Ustedes están enviando nuestros trabajos al exterior’. Eso es un montón de mierda. Hay que seguir al cliente adonde éste vaya”.

Invocando a Marx
En un comentario titulado “Demos a Karl Marx la posibilidad de salvar la economía mundial” el economista George Magnus, consejero del banco UBS y autor del libro “Uprising: Will Emerging Markets Shape or Shake the World Economy”, escribe para la agencia Bloomberg (1) que los políticos que están luchando por entender el aluvión de pánicos financieros, de protestas y otros males que afectan hoy día el mundo, deberían estudiar los trabajos de un economista muerto desde hace mucho: Karl Marx. Cuanto más temprano ellos reconozcan que estamos frente a una crisis total del capitalismo, mejor estarán equipados para hallar una salida.

Magnus recuerda que la economía global de hoy día tiene “extrañas” similitudes con las condiciones que Marx pronosticó: “Consideremos, por ejemplo, la predicción de Marx sobre cómo se manifiesta el inherente conflicto entre el capital y el trabajo asalariado. Como escribió en El Capital, al proseguir la búsqueda de ganancias y de (aumentos en la) productividad las empresas son naturalmente llevadas a emplear cada vez menos trabajadores, creando así un ejercito de reserva industrial constituido por pobres y desempleados: ‘La acumulación de riquezas en un polo es, por tanto, la acumulación de miseria al mismo tiempo’, escribió Marx.

El economista va al meollo del problema cuando apunta que lo descrito por Marx es visible a través de todo el mundo desarrollado, particularmente en Estados Unidos, donde los esfuerzos de las compañías para cortar los costos y evitar contratar empleados han hecho aumentar las ganancias de las grandes empresas hasta el más alto nivel de las últimas seis décadas, mientras la tasa de desempleo se mantiene en 9.1 por ciento y los salarios reales están estancados. Y continúa apuntando que la desigualdad en los ingresos en Estados Unidos está, según algunas mediciones, en un nivel tan alto como el registrado en los años 20 del siglo pasado, situación que condujo a la Gran Depresión.

Y retoma señalando que Marx describió la paradoja de la sobreproducción y el subconsumo: Mayor la cantidad de gente relegada a la pobreza, menor será su capacidad de consumir toda la cantidad de bienes y servicios que las empresas producen. Cuando una empresa reduce los costos para aumentar sus ingresos busca hacer algo inteligente, pero cuando eso lo hacen todas a la vez se anula la generación de salarios y de la demanda efectiva, de las cuales las empresas dependen para obtener ingresos y ganancias.

Después de citar a Marx, quien escribió que “la razón última de todas las crisis reales sigue siendo la pobreza y el consumo restringido de las masas”, Magnus aconseja a los dirigentes políticos que pongan “el empleo en el tope de la agenda económica, y consideren otras medidas fuera de la ortodoxia. Esta crisis no es temporal y ciertamente no será curada por la pasión ideológica que los gobiernos tienen por la austeridad”.

En la Gran Recesión (2008-2009) los países avanzados (y en proceso de desindustrialización) evitaron una depresión por la fuerte demanda de los países emergentes, el BRIC (Brasil, Rusia, India y China) que ahora se volvió plural (BRICS) con la inclusión de Sudáfrica. Esto no sucederá ahora porque, según Stephen King, economista jefe de HSBC Holdings PLCS de Londres, es difícil avizorar cómo las naciones emergentes pueden llegar a rescatarnos una vez más. Los indicadores económicos del BRICS muestran que esas economías están ralentizando y que si bien evitaran un aterrizaje forzoso, según el economista Joachim Fels de Morgan Stanley, no serán capaces de salvar otra vez el mundo. La situación de los países emergentes - según dijo a la agencia Bloomberg el Nóbel de economía Michael Spence, profesor de la Escuela de Negocios Stern de la Universidad de Nueva York – explica que haya actualmente 50 por ciento de posibilidades de que la economía mundial caiga en una recesión. De ser así se notará una baja pronunciada de las ganancias de las empresas de los países avanzados que tienen sus plataformas de producción y proveen los mercados de los países emergentes, lo que explica que un buen número de analistas e inversionistas bursátiles anticipen un mercado bajista para las plazas bursátiles.

La oligarquía financiera nos conduce al desastre total
En momentos en que las estadísticas de las economías validan la perspectiva de una recaída en recesión en medio de la crisis por la deuda pública en los países avanzados, los índices bursátiles recuperan parte de las pérdidas de las últimas semanas, confirmando el desacoplamiento de las finanzas respecto a la economía real. Paul Woolley, ex gerente de fondos mutuales y fundador de un instituto de investigación sobre los desequilibrios financieros en la Escuela de Estudios Económicos de Londres, dijo a la revista alemana Spiegel-Online (25 de agosto 2011) que el desenvolvimiento de las últimas semanas a puesto en claro que los mercados financieros – que crecen hasta aplastar las economías - no funcionan adecuadamente, que la situación está quedando fuera de control y deviene “potencialmente peligrosa para la sociedad (porque) el mercado no está alcanzando el equilibrio, sino cayendo en el caos”.

Ante la perspectiva de otro aumento en la pobreza y la miseria de los endeudados pueblos, para decirlo francamente, la oligarquía financiera global ve una oportunidad más de seguir enriqueciéndose con la implantación definitiva de un sistema rentista que nos hace retroceder a la servidumbre, como dice el profesor y economista Michael Hudson.

En este contexto bien vale la pena leer (y reflexionar) sobre la contribución que el economista y antropólogo David Graeber (2) hace para explicar las grandes crisis financieras del pasado, desde los orígenes de las civilizaciones, crisis por deudas impagables, y así entender el peligro de colapso social que nos amenaza.

En la antigüedad –explica Graeber en la entrevista citada- el peor escenario posible, temido por todos porque podía llevar a un colapso social total, era una gran crisis de deudas: al devenir deudora frente al uno o dos por ciento de la población, la gente ordinaria se vería llevada a vender a miembros de la familia como esclavos, o eventualmente a venderse a sí mismos.

Y refiriéndose a la actualidad el economista y antropólogo explica que en lugar de crear alguna institución de gran alcance para proteger a los cientos de millones de ciudadanos que están aplastados por las deudas, y a los Estados que se endeudaron al socializar las pérdidas de los grandes bancos e instituciones financieras privadas, “se han creado esas grandiosas instituciones de escala mundial para proteger a los acreedores, como el FMI o Standard & Poor, que esencialmente declaran – y en total desafío a la lógica económica tradicional - que a ningún deudor se le debe permitir la mora, que no pague. No hace falta decir que el resultado será catastrófico. Estamos viviendo algo que a mi, por lo menos, me parece exactamente lo mismo que más temían los antiguos: una población de deudores patinando al borde del desastre.

jueves, 1 de septiembre de 2011

ESPAÑA: PARADOJAS CATÓLICAS (Antonio Muñoz Molina)

Fragmento del blog de Antonio Muñoz que a muchos nos sonará, puesto que vivimo lo mismo con nuestros abuelos/padres.


"Mi madre es una mujer católica de 81 años que cada noche, antes de dormir, le reza a Dios por cada uno de los miembros de su familia, los vivos y los muertos, procurando no olvidarse de ninguno. Mi madre, que nació en una familia campesina y tenía seis años cuando empezó la guerra civil, fue muy poco tiempo a la escuela y pasó su juventud bajo la hegemonía indisputada de la propaganda franquista y el integrismo católico. Pero, como muchas personas de su generación, sobre todo mujeres, con la llegada de la democracia asistió a la escuela nocturna y se fue haciendo una mentalidad muy abierta. Ahora lee mucho, sobre todo novelas –entre ellas, las que escriben su hijo y su nuera- y aunque conserva intacta su fe siente un rechazo instintivo hacia el Papa y no se ha molestado en conectar la televisión para ver alguno de los programas larguísimos que se han dedicado a su visita. Mi madre, tan católica, asistió hace años con plena emoción a la boda civil de su hijo recién divorciado, y ahora recibe con naturalidad en su casa al compañero de su nieto gay, y cuando sabe que van a venir a verla les prepara uno de los dormitorios con cama grande. Y estoy seguro de que si ese nieto decide casarse, mi madre asistirá a su boda con algo de descocierto íntimo, pero también con perfecta desenvoltura, con esa nueva mundanidad que es uno de los síntomas del cambio formidable que ha vivido España desde los años setenta.
Cuando se quieren calibrar cambios se piensa en los jóvenes. Pero en España quienes más y mejor cambiaron en el tránsito de la dictadura a la democracia fueron muchas personas mayores, padres y abuelos, abuelas y madres, gente que sufrió el peso cruel del miedo y del adoctrinamiento durante muchos años y sin embargo, cuando llegó la hora de votar por primera vez, votó tranquilamente a la izquierda, y aceptó que sus hijos se casaran por lo civil o vivieran juntos sin casarse o se divorciaran, y mantuvo las redes de solidaridad familiar ocupándose de los nietos, dando refugio a los hijos cuando se separaban, volviendo a aceptarlos cuando perdían el trabajo.
No sé cuántos católicos se parecen a mi madre en la España de ahora, capaces de ir tranquilamente a una misa y a una boda homosexual, de rezar a Dios cada noche por los vivos y por los muertos y de votar luego a la izquierda. Lo que sí sé es que cada vez van a ser menos visibles, y que la visita del Papa de estos últimos días va a reforzar una identificación ya muy acentuada entre la iglesia católica y la derecha y la extrema derecha españolas. Ahora mismo, si se presta atención a los medios conservadores, el éxito multidinario de la llamada JMJ –Jornada Mundial de la Juventud- ha sido a la vez un desquite contra la supuesta hostilidad al catolicismo alentada por el gobierno socialista durante estos siete últimos años y un anticipo de la victoria del Partido Popular en las elecciones de noviembre. En uno de esos canales de televisión que se dedican en exclusiva a alentar el delirio ideológico, a la manera de Fox News en Estados Unidos, escuché ayer mismo a un comentarista decir que en estos últimos años “se puede hablar de una persecución de la Iglesia católica en España”.
De lo que se puede hablar más bien es de una triste serie de oportunidades perdidas. El gobierno de Zapatero enfureció a la Iglesia con una renovación de la ley del derecho al aborto equiparable a la de cualquier país europeo y con la legalización del matrimonio homosexual, y la derecha política se apresuró a hacer causa común con la jerarquía eclesiástica. La derecha buscaba debilitar al gobierno de cualquier manera, y en los últimos años se ha dedicado a cultivar a su clientela más extremista. En cuanto a la Iglesia, su activismo político está motivado por un intento de compensar la pérdida acelerada de su presencia social. La inmensa mayoría de los españoles reciben el bautismo católico, por una especie de inercia cultural, pero el número de los que se declaran creyentes ha ido disminuyendo de manera regular a lo largo de los años, y la asistencia regular a la misa del domingo no supera el doce por ciento. Una paradoja de la España de ahora es que la visibilidad de los símbolos exteriores de la religión católica encubre una secularización que asombra más por la rapidez con la que ha sucedido. Mucha gente se casa por la iglesia, celebra con gran boato las comuniones de sus hijos y asiste en primavera a las procesiones de la Semana Santa. Pero esa misma gente no va nunca o casi nunca a misa y se divorcia y usa el preservativo y acude cuando le hace falta a una clínica abortista. Y la fuerza misma de la familia española actúa a favor de la tolerancia sexual. En Nueva York tengo amigos a los que sus padres, evangélicos rigurosos, retiraron el saludo o expulsaron de casa al saber que eran homosexuales. En España a un hijo o a un nieto se le acepta incondicionalmente, sobre todo en las clases populares: por eso en la gran transformación de las costumbres españolas la audacia de la gente más joven se ha correspondido en este años con la sorprendente liberalidad de muchos viejos.
Las leyes, en España, han ido por detrás de los hábitos sociales. Pero el peso tremendo del pasado ha seguido actuando con más eficacia de lo que parece. Los comentaristas de derechas claman contra el gobierno de Zapatero como si hubiera traído la revolución social y la persecución del catolicismo, pero si algo ha caracterizado a este hombre ha sido su frivolidad y su afición a los gestos cosméticos por encima de los proyectos rigurosos. A Rodríguez Zapatero le gustaba declarar que era “un rojo”, rescatando innecesariamente un término con resonancias sombrías de la guerra civil, pero su política fiscal de estos años no ha rozado siquiera los privilegios de los más ricos. Este gobierno supuestamente anticatólico ha continuado sosteniendo con dinero público a la Iglesia, y subvencionando al cien por cien sus centros educativos, en un país donde la escuela pública está cada vez más desasistida. Y casi cuarenta años después de la muerte del tirano que entraba bajo palio en las catedrales,  las autoridades civiles de la democracia continúan asistiendo a los desfiles y las ceremonias de la iglesia católica, y los ministros juran sus cargos delante de un crucifijo. En este afán por figurar en las solemnidades religiosas son idénticos los políticos de izquierda y derecha, los centralistas españoles y los independentistas catalanes o vascos: con idéntica desvergüenza cultivan un populismo que sin duda les dará algunos votos, pero que tiene un efecto corruptor sobre la conciencia de la ciudadanía al hacer borrosa la separación entre la Iglesia y el Estado, y al privilegiar a una confesión religiosa sobre todas las demás, y sobre el derecho de quienes no pertenecen a ninguna.
A quienes conocimos la obscena complicidad de la jerarquía eclesiástica con la dictadura de Franco nos da miedo, estos días, la creciente vehemencia católica de la derecha, que se ha desatado sin ningún disimulo durante la visita del Papa: la identificación agresiva de lo español con lo católico y lo vaticano, el proselitismo escandaloso de medios informativos que por ser públicos deberían ser neutrales y se han convertido durante dos semanas en aparatos de propaganda sectaria. En esos medios oficiales, y en los periódicos conservadores, el millón o millón y medio de jóvenes que vitoreaban al Papa se han presentado como la antítesis luminosa de esa otra juventud reivindicativa y desaliñada que un poco antes ocupaba el centro de Madrid: los unos, alegres, saludables, rezadores; los otros sucios y promiscuos. Esa división radical entre los unos y los otros sin duda va a acentuar en el futuro la temible dificultad española para lograr lo que ahora mismo más nos hace falta, una base de concordia que nos permita hacer frente con alguna posibilidad de éxito a la situación desastrosa en que nos encontramos. Pero llevamos tanto tiempo viviendo en el delirio –la falsa prosperidad, la burbuja de la construcción, el fracaso educativo, la obsesión por el pasado lejano- que no es probable que la marcha del Papa y la de su millón de peregrinos nos devuelvan a la realidad.
En cuanto a mi madre, sigue con sus rezos, y no olvida decirme cuando la llamo por teléfono: “Hijo mío, a mí este Papa con tanto lujo no me gusta”. Y se acuerda del poco boato con que entró Jesús en Jerusalén." Antonio Muñoz Molina.